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lunes, 31 de diciembre de 2012

Lo mejor del 2012


No podía dejar que se terminara el año sin hacer un recuento de mis lecturas y decidir sobre lo que fue lo mejor. Así que en esta lista llena de buenos recuerdos les cuento sobre los 10 libros que desde mi opinión forman una buena opción de lectura, todos muy diferentes entre ellos pero con genialidad entre sus páginas. El 2012 fue un año de buenas lecturas, que no bajaron de 3/5 conmigo (lo digo en serio) y me dieron cada una lo suyo y de formas muy diferentes. 
Aquí la lista:

La cura mortal, de James Dashner. Conclusión de la historia futurista de Thomas el Corredor. Lo que para mí fue un buen final, con toques de acción y tranquilidad por igual, pero que lo deja a uno relajado sobre el grupo de personajes que tanto nos habían tenido preocupados, para bien o para mal. El que sufrió más que levante la mano. La buena experiencia en realidad va con toda la trilogía. 
Los anagramas de Varsovia, de Richard Zimler. Historia de temática polémica y argumento enganchante, en el orden que lo prefieran. Una de esas experiencias que se agradecen por completo, que fue narrado con buena mente, tiene un protagonista maravilloso y momentos bastante crudos que, créanlo o no, embellecen la historia y la voz del personaje. 
Juego de tronos, de George R.R. Martin. A penas el primero de la serie Canción de hielo y fuego. La que pondría como la mejor experiencia del año, total. Talentosa, fuerte, astuta y envolvente. No he podido leer los siguientes todavía, y no porque me den miedo los libros grandes (solo a la mano que los sostiene), sino por falta de tiempo. Estoy tan convencido de su talento que me agrada tener tanto camino por delante. 

Eterna, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan. Uno de los mejores finales en mi experiencia si tomamos en cuenta la forma en que los autores desarrollan su historia. Fantástico por su oscuridad, recuperante para la historia. No se puede hablar de él sin mencionar la trilogía completa y su maravilloso atrevimiento de hacer las cosas tan masivas como el mundo en situación lo permita. 
Zafiro y Esmeralda, de Kirsten Gier. Juntos porque también forman parte de una trilogía. Quedé, como esperaba, encantado con la historia completa, breve y larga al mismo tiempo, de sorpresas y personalidades dignas de recordarse cuando de originalidad se trate. Muy europeo todo, y no sé si eso me guste todavía más. Imperdibles, pues. 

Puro, de Julianna Baggott. Por cambiar las ideas tan bruscamente que no faltó en muchas más listas como esta también. Sin miramientos, brusco, sincero. La aventura de Pressia y Perdiz es para recordarse siempre. Allá en un mundo donde lo bello es bien difícil de encontrar, porque se sufre, pero no imposible, en lo absoluto. Una lección que no podía faltar. 
Las ventajas de ser invisible, de Stephen Chobsky. Pues de acuerdo a la mente tan sincera de Charlie, la vida es la vida. Lo que este libro enseña, mucho más allá de un comportamiento, es una continuidad y sucesión de momentos que no paran, a fragmentos y menciones fijas que pueden cambiar todo –o mucho- en la mente de quien lo permita. Tan personal como se necesita. 
Abraham Lincoln: cazador de vampiros, de Seth Grahame-Smith. Una absoluta sorpresa, pues no es nada de lo que se cabría esperar para quien se hace ideas prejuiciosas. Para los que se permiten dejarse sorprender, tan visual como el momento lo consiga. La historia de un personaje, y su lado que cambia tanto las cosas que se vuelve memorable. El de humano. 

Robada, de Lucy Christopher. Porque cada vez que lo nombro siento ganas de volver a leerlo, y así hasta que me canse. Una historia de carta larga y necesaria, mental y envolvente. Narración que da belleza, que tiene realidad, que impregna emociones y nos vuelve completamente indecisos. Como lo dije en su momento: me robó el corazón. 
Hija de humo y hueso, de Laini Taylor. Presente por su necesaria originalidad argumental, dirección de pasados y unión de historias que parecerían diferentes (aunque sea una misma). La forma en que uno llega a apreciar una figura e idea popularmente de miedo, resulta relevante. Eso y sus detalles, le aseguran muchas palabras geniales. 

Termino el año completamente agradecido, con todos ustedes y por leerme siempre que pueden, no duden que yo también hago lo mismo con ustedes. Por todo lo dicho, bueno y sincero, durante el año. A los que me permitieron leer tan maravillosas historias, a quienes siempre están ahí para guardar silencio cuando necesito leer y gritando para cuando debo ser interrumpido. 
Muchas gracias a todos por un buen año. Me siento preparado para lo que viene. 

¡Hasta la próxima!

sábado, 1 de diciembre de 2012

Relato: Se acaba

-¿Y si se acaba? 
-No. Imposible. 
-Cómo que imposible, si lo dicen claro que lo es ¡Es posible! 
-Pero primero nosotros. 
-¿Nosotros? ¿No es lo mismo? 
-No. Nosotros primero, luego el mundo. Estoy seguro de que el mundo es de los que les gusta morir solos. 
-¡Pero sin nosotros no hay mundo! 
-Sin nosotros hay más mundo que nunca; jamás será tan feliz como cuando ya no nos tenga. 
-¿Es lo que cree la gente vieja? 
-No me importa la gente vieja, no me sirve de nada preocuparme por saber nada más de lo que ya sé. 
-¿Eso pasa? 
-Me pasa a mí, me siento bien estando así. 
-¿Bien siendo viejo? 
-Bien teniendo lo suficiente. Por más interesante que sea todo lo que hay por aprender, sé que no lo necesito. 
-Entonces yo tampoco. 
-¡Pero tú no eres viejo! 
-Pero te conozco. Debiste dejar que lo entendiera con el tiempo. Ahora ser viejo no me sirve de nada. 
-Ser viejo no le sirve de nada a nadie, por todo. No te gustará ser viejo. 
-¡Eso te decía! Por eso te pregunté sobre el fin del mundo. 
-Y yo ya lo he explicado. 
-Explicaste esto, sobre tu vejes, no sobre el fin del mundo. 
-Ah, ya te entiendo, ¿quieres que te cuente cómo lo imagino? 
-¡Exactamente! 
-Quien quiere algo claro debe pedirlo directo, no con esa tontería que parecía moda. 
-Moda no es, nunca ha sido moda. Futuro sí. 
-A mí el futuro, donde ya no estoy, me interesa demasiado, por eso no me gusta pensar en él. Nos pone tristes a nosotros los “viejos”. 
-Pero lo has pensado, no te atreves a negarlo. 
-Claro que no. Lo he pensado, por supuesto. 
-¿Y entonces? 
-¿Entonces qué? 
-Y dale… ¡Que me cuentes cómo te lo imaginas! 
-Sin nosotros. 
-Eso no. El fin del mun… de nosotros. 
-También me he imaginado el fin del mundo, por cierto. 
-Pues cuenta. 
-¿Cuál de los dos? 
-Los dos, que hay tiempo. 
-Bueno. El fin, nuestro fin, llega a mí por la gente tonta. Esa que se cree lista, que estudió joven, que toca la tele. Ellos, harán algún día algo muy malo, como en las películas, pero en mi idea son simplemente tontos. Esa cosa se les irá de las manos, nos enfermaremos, del cerebro tal vez, una fiebre muy fuerte, que quite todo el calor al cuerpo. Nadie vivo, nadie feliz. 
-¿Así nomás? 
-¿Te parece poco? 
-Muy, muy poco. 
-¡Pues poco tienes el cerebro! Si está bien claro. 
-Claro para ti, que te conformas con poco. 
-No es poco, es suficiente. Me lo imagino y ya. Tal vez sea al hielo o el sol, el agua o el sexo. 
-¿El sexo? 
-El sexo enferma, antes no. Te enferma el cerebro, te da comezón. Si no fuera por el tonto y el chango otra cosa hubiera sido. 
-Otra enfermedad, querrás decir. Siempre hay una. 
-Y habrá más. 
-Ah, sí. Montones de más. 
-¿Ya entiendes? A eso me refiero. 
-Sí, sí. Creo que te entiendo. 
-Perfecto. 
-¿Y el mundo? 
-Nah… es cruel pensar en eso. Lo quiero mucho como para contarlo. 
-¿No me quieres a mí, tu nieto? 
-¡Te quiero! Pero no como al mundo. 
-Con que me quieras debería bastar, no te puede hacer más el mundo; ya eres viejo. 
-Que me mate y verás, nomás por decirlo. 
-¡Miedoso! 
-Miedoso, tú. Eres de los tontos. Y peor aún: de los que no saben nada. Si no, no me estarías preguntando. 
-Miedoso, tú, te digo. Le temes al mundo. 
-Le temo, como todos, pero yo ya me di cuenta. 
-¡Cuenta! No se puede enojar más el mundo, tus palabras no le harán nada. 
-Harán algo, en ti, y tú estás en el mundo. Formas parte de él. 
-Entonces, entiende, no se va a enojar. No puede sentir diferente a como lo hago yo. 
-Jamás debí decirte esto. Ni me acuerdo de dónde salió esta conversación. 
-De los dos. 
-De ti, estoy seguro ¡Agitador! 
-Por favor, abuelo. ¿Me vas a contar? 
-No debería. Pero ya quiero que te calles. En cualquier momento me da sueño. Lo soñé una vez, por cierto. 
-¿El fin? 
-Sí. El fin. Feo todo, espero que no sea así. 
-¿Tan feo? 
-Horrible. Ahí estaba Carmelita, la que desgreñó a la abuela. Esa mujer, ni muerta me deja en paz. Pero no le cuentes a la abuela. Le conté de mi sueño esa mañana hace algunos años, torció la boca y me dijo: ¡La muy maldita! Ya te veo soñando con ella, viejo sonso. Si no la hubieras querido no la estarías soñando. Le dije entonces que no me gustaban sus ojos, la pobre Carmelita los sufría mucho. De un color diferente todos los días. 
-¿Y eso qué tiene que ver? 
-A eso voy, a eso voy, no seas glotón. Te digo eso porque los ojos de Carmelita, los reconocí enseguida, estaban mirando al cielo. Bien cerca, estoy seguro que si hubiera dado un salto lo habría tocado. Sus ojos combinaban con el cielo, también. De venas, sonrojados, irritados, pero no tanto. Así es el cielo en sus tardes bonitas. Cuando el día no fue tan malo y le quedan ganas de despedirse con nubes desteñidas. La gente lo mira y dice: “qué bonito cielo”, un ratito, luego se van. No saben aprovechar, por no mirar al cielo es que necesitan lentes. 
-¿Y luego? 
-Se quemaba. Se volvía rojo, preocupante, naranja. Fuego. Hacía calor. Ni tiempo de gritar tuvo Carmelita. Sus ojos, al menos, lo único que le vi, se derretían, como vela barata, de esas que manchan las mesas. Quemaba el cielo, seco, rudo. El sol traicionaba al mundo, nomás porque puede. 
-¿Tú crees que sea así? 
-Con que no lo vea me conformo. 
-Todavía te veo bien, chance y llegas. 
-Yo mismo te aviento al cielo si me toca verlo. Pero yo sé que no. No hace falta amenazar. Ni tú mismo verás algo así. No creo que sea así, exactamente. No creo que sea de ninguna forma pensada o por pensar. Sólo los viejos le atinarían, y el mundo es viejo. Espero tenga la razón, sobre su propio fin, y esté preparado. Valiente para cuando llegue. 
-Me pones triste. 
-Si lo decía por animarte. Tú me preguntaste, para empezar, le puse mi toque de bien, para que suene bonito. 
-Si bonito sí suena, pero a la forma triste. 
-¿Eso se puede? 
-Me sorprende que lo preguntes. Tú eres el viejo, tú deberías saber. 
-Pues… sí. Pensando creo que lo entiendo. Pero no todo lo triste puede ser bonito, si no la gente no lloraría amargo, sintiéndose el centro de lo injusto. 
-¿Pero crees, de verdad, que en algo le atines con ese sueño tuyo? 
-No creo, no quiero, no puede ser así. Aunque nadie lo vea, quemarse vivo está feo. De lo peor. 
-De algún lugar tuvo que haber salido ese sueño. 
-Fabricado, por el día. Pensé en Carmelita. Nunca supe si había muerto, pero estoy seguro que sí. Espero haya sido feliz, en lo posible. Yo miraba el cielo, era de esos días, como te dije. La abuela manchó la estufa; se le pasó la leche. Así se crean los sueños. Fue obvio cuando me puse a pensar. 
-Pero no todos. 
-No, claro que no todos. Este, por ejemplo. 

Autor: Erickold.

Escribí este relato hace unos meses, sin pensarlo ni planearlo. Salió, con voz y todo. Lo leí hace poco y le encontré montones de significados. Se me había olvidado que lo tenía, ya me conocen. 

¿Qué les parece? 

¡Hasta la próxima!